Elección

Hace mucho tiempo que estoy fuera de las pistas, retirado únicamente al trabajo y aburrido por ello. Encontrar nuevas motivaciones por estos días ha sido ciertamente difícil. Con todo esto, sumado a las elecciones y los debates presidenciales a los que me referiré más adelante, no he podido abstraerme a un lugar en el que pensar con calma y continuar con mi veta artística. Por el contrario, el trabajo me sumerge en un aceite pegajoso y oscuro y ni en mis tiempos libres logro escribir.

Lo anterior no es más que una simple excusa para explicar mi larga ausencia y lo que sigue es solo una introducción a un tema que da para mucho más.

El sentimiento que leo en mucha gente es que “de los ocho candidatos presidenciales que hay no se hace uno”. El desdén por las ideas y la falta de compromiso del votante hacen que estas elecciones presidenciales sean vistas como un circo pobre en el que los presidenciables se exhiben cínicamente para lograr un voto de aquel cuarenta y tantos por ciento de la población que se proyecta vaya a votar. Pero elegir un presidente es mucho más que eso.

No voy a hacer propaganda por este o aquel candidato, lo importante está en ejercer un derecho ganado, que no es obligatorio, pero que es nuestro deber ejercer. Toda la campaña publicitaria montada por los medios de comunicación en este aspecto no es más que una bofetada a las masas indecisas que durante el año marchan por una “educación gratis y de calidad” o por “no más AFP”, pero que el día de las elecciones, el día más importante, el día en donde pueden elegir el rumbo que tomará el país, se quedan en sus casas, en la comodidad de sus hogares, sin ejercer (y nuevamente digo esto) su legítimo derecho a elegir.

Elegir un presidente es elegir una idea, un concepto base sobre el que se desarrollarán el resto de las ideas en orden jerárquico, siendo el programa de gobierno el fruto de todas estas ideas. Por consiguiente, los votantes pueden elegir a sus candidatos informadamente si y solo sí están interiorizados sobre esta materia. Para tales efectos existe un sinnúmero de páginas web, pintadas de un color u otro, en las que se pueden encontrar en detalle y desmenuzado punto por punto el programa de gobierno de cada candidato pues lo importante para estos casos es votar informado.

Elegir un presidente es elegir también una coalición para gobernar, saber quiénes son los candidatos tentativos para estar a la cabeza de los distintos ministerios y subsecretarías, saber cuáles son los planes de dicha coalición y con qué apoyo cuentan en el senado y la cámara de diputados. Lo anterior también resulta esencial para el votante pues es de conocimiento general que no solo gobierna el presidente, sino también la coalición que lo secunda.

Elegir un presidente es por último elegir un atributo, una forma, la personalidad de quien nos representará como país por cuatro años. ¿Queremos un estadista?, ¿un comunicador social?, ¿una abanderada de los derechos de la mujer?, ¿una mamá comprensiva?, ¿un padre castigador?, ¿una cara bonita?, ¿un buen cristiano?, ¿un ateo? Elegir un presidente es elegir la postura que queremos que nos represente, la cultura que queremos que se desarrolle, el empleo de los recursos que queremos que se realice.

Por esto es tan importante ir a votar. Votar fortalece la democracia, ayuda a que las reformas que se impulsen sean las que la mayoría de los chilenos quiere para el país. Votar no es un simple acto de marcar un papel, es mucho más que eso, es un derecho ganado con sudor y lágrimas que debemos honrar y respetar.

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